¡Bienvenidos!
pitagoras Tresfonsitas

Heráclito de Éfeso

Heráclito el oscuro nació hacia el año 535 a. C. en Éfeso, ciudad de la Jonia, en la costa asiática del Egeo. Eran los tiempos de Ciro II, Ciro el Mayor.

No compartía el odio de sus convecinos griegos hacia el imperio persa y quizás por eso terminó siendo rechazado por sus paisanos efesinos. Pero eso no significaba que se inclinase ante los imperiales; todo lo contrario, respondió con indiferencia a los intentos del emperador Darío I, Darío el Grande, de incluirle entre sus consejeros.

Al desprecio de sus vecinos respondió con la misma moneda, tachándoles de ignorantes. Se alejó de ellos y vivió en condiciones miserables, alimentándose de hierbas. Quizás por eso enfermó padeciendo un edema generalizado. Consultó a los médicos al modo enigmático que le era propio, no siendo comprendido por estos. Entonces ideó el remedio de cubrirse de estiercol y según parece murió.

Los contrarios y el devenir

El pensamiento de Heráclito se encuentra en un pequeño conjunto de frases breves y de significado enigmático.

Quizás por eso invita a que cualquiera pueda reconstruirlo según su buen y leal entender. Invita en fin a seguir el consejo que Manuel Souto Vilas daba a un alumno: “deje usted de leer e intente pronunciar alguna frase salida de su propio entendimiento”.

El filósofo de Éfeso proclamó que la realidad no está quieta y que al contrario, se encuentra en continuo movimiento.

Hoy en día es algo normal aceptar esta tesis, aunque nuestra mente intente engañarnos diciéndonos que el monte que se alza delante de nuestra ventana no ha crecido ni se ha desplazado hacia su derecha. Por el contrario, se acepta que las montañas del Himalaya no estaban allí hace 100 millones de años; o que la vida en tiempo de los dinosaurios se parecía muy poco a lo que hoy conocemos.

Tampoco costaría mucho a un griego o a un inglés de hoy en día aceptar muchas de las reflexiones de Heráclito sobre los contrarios.

Así, es fácil asumir que la enfermedad, tras un periodo de lucha de la naturaleza del paciente, ayudada por determinadas boticas, trae un nuevo estado de salud prometedora y buena. O que el hambre, tras una comida saludable y moderada, se transforma en satisfacción. O que el cansancio, tras una noche de descanso reparador, trae un día al que enfrentarse con fuerzas renovadas. Y también comprendemos sin dificultad que el invierno trae la primavera y que después de la lluvia viene el sol.

Nos cuesta más aceptar la muerte o ese estado de enfermedad incurable que precede a aquella. Pero al fin todos aceptamos la realidad y esta nos dice que la muerte forma parte de la vida aunque sólo sea como su punto final.

Y nos cuesta entender la guerra, pero una vez terminada se acepta que unos obtuvieron el triunfo y otros fueron derrotados. Y se acepta que el mundo nuevo que nace tras la batalla poco tiene que ver con el mundo viejo que representaban los vencidos.

Sin embargo, en la época actual se prefiere pensar que la lucha que termina por alumbrar una sociedad nueva tiene lugar más bien en tiempos de paz y de un modo lento; y que esa lucha se entabla entre unas personas que con su trabajo incesante quieren conquistar nuevas cotas para el ingenio humano y otras personas que con firmeza pretenden sostener el statu-quo. Hoy en día sólo se acepta la guerra cuando es el único modo en que las nuevas fuerzas sociales pueden imponer su victoria ante la resistencia violenta de las fuerzas viejas.

No deberíamos pensar sin embargo que Heráclito era un partidario incondicional de la violencia. Él celebraba la guerra que traía el triunfo de los comerciantes atrevidos, de los reyes justicieros o de los guerreros valientes. Pero también aborrecía a los hombres resentidos por imaginarias cuestiones y que eran capaces de entablar eternas querellas, a los que más bien clasificaba entre los que pretenden detener el devenir inevitable de las cosas reales.

El logos

Ahora bien, la mayor dificultad que encontramos con el pensador efesino radica en su idea de una ley oculta en el interior de las cosas que asegura la síntesis armoniosa de los elementos opuestos en contradicción. Algo así como una ley que imponga el orden en los procesos evolutivos.

Nos podríamos preguntar: ¿esta idea era una “creencia” de Heráclito, o había llegado a ella por algún proceso deductivo? Debemos entender que la personalidad pesimista del filósofo, al que se consideraba “triste” e incluso “llorón” es poco compatible con la posibilidad de que “creyera” que el devenir de la vida tuviera un “sentido positivo”. Mucho más coherente parece que aquel hombre “creyera” en el caos como estado permanente de la existencia.

De manera mucho más rotunda hay que desechar la posibilidad de que hubiera llegado por un camino deductivo a esa idea de una ley que ordenara el movimiento: en la actualidad se entiende que tal “demostración” no es posible por la vía del método científico.

Pero la exclusión de la vía deductiva no implica que el pensador no pudiera llegar a esa conclusión por otro camino del conocimiento. Y podemos imaginar que los sentidos de aquel hombre pudieron darle la “prueba” de su tesis.

La inmensidad azul del mar, el olor del salitre, los vientos huracanados; los montes orgullosos, el vuelo airoso de las aves; la velocidad y la astucia de los animales salvajes; el canto de los pájaros, el sonido del bronce en las campanillas o las trompetas; la caricia de unas pestañas de mujer; el sabor de la miel….

Otras cosas pudieron inclinar al filósofo a admirar la vida: la destreza de un médico; la sabiduría que llegaba desde un lado, desde Babilonia; y desde el otro, desde Samos o Mileto. Es cierto que en el otro plato de la balanza había que colocar la incompetencia de otros médicos, la ignorancia de algunos de sus paisanos efesinos….

Pero quizás para Heráclito el peso del plato en el que iba colocando los elementos positivos era mucho mayor que el del plato que reunía lo negativo.

Audios:

Darío el Grande

El movimiento

Los contrarios

El logos

¡Hola!
¡Un saludo!