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pitagoras Tresfonsitas

Jean Claude Trichet

En Febrero del año 2008, en la prensa española se podían leer las palabras del Presidente del Banco Central Europeo, asegurando que la prioridad del BCE es mantener la inflación en el medio plazo controlada, y que si la inflación está bajo control, el crecimiento y sobretodo la creación de empleo vienen por si solos.

Es muy posible que la opinión pública europea comparta que el control de la inflación sea un objetivo prioritario. En cualquier caso así debería ser, porque nada es tan perjudicial para las clases populares como la elevación descontrolada de los precios.

En este sentido sería conveniente que el BCE preparase un programa informático capaz de tomar las decisiones de Política Monetaria encaminadas al cumplimiento del control de la inflación, y ello en función de la medición continua de todas las variables económicas relacionadas con el fenómeno.

Es altamente probable que las decisiones de este piloto automático sean tan buenas como las adoptadas personalmente por el señor Trichet.

Y de este modo los europeos obtendríamos una importante ventaja: el señor Presidente del BCE y la corte de brillantes economistas con la que cuenta, podrían dedicarse al estudio de la dinámica financiera que tiene lugar en las capas más altas de la atmósfera que recubre el sistema económico mundial.

Porque si algo ha quedado claro es que los excelentes analistas del BCE no se han enterado de lo que estaba pasando: se compraba y se vendía todo lo imaginable, el dinero viajaba a velocidades superiores a la de la luz, y si hacía falta se creaba ese dinero en las cantidades precisas y algo más; y esto no sólo ocurría fuera de las fronteras de la zona euro; y no eran únicamente los pequeños Bancos de la periférica Irlanda los contaminados, sino que la enfermedad había llegado al corazón de Europa, a los mismísimos Bancos alemanes...

Y mientras esto sucedía a unos pocos kilómetros de altitud, el señor Trichet sacaba su zapato por la portezuela entreabierta de su automóvil y presionaba la suela con fuerza sobre el asfalto. Y cada vez estaba más contento de haberse conocido.

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