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pitagoras Tresfonsitas

Sender y Cela

En la mesa hay buena comida y mejor bebida. Nuestro premio Nobel, el gallego C.J.C. Trulock, abusando de su privilegiada lengua, y quizás algo influido por el alcohol, lanza una provocativa frase.

El oscense Ramón Sender, entra al trapo y responde: (los tanques rusos) entraron ya en 1936 ….. ¿y sabes lo que nos trajeron? Nos trajeron a Franco……

A pesar de la innegable capacidad intelectual del asmático aragonés, la frase parece ilógica: los tanques rusos nos trajeron a Franco. Además, por el contexto del suceso parece razonable pensar que Sender podía estar algo más que influido por la bebida.

Sin embargo, la frase también podría encerrar interés, y quizás merezca una oportunidad; una reflexión sobre la violencia en la especie humana en general, y en aquella guerra civil española en particular.

La esclavitud

La esclavitud acompaña al hombre desde la noche de los tiempos. Y aún hoy, aunque preferimos pensar que está erradicada de la vida social, sigue presente, y a veces, oculta muy cerca de nosotros.

Pero no hay duda de que la humanidad dio un salto prodigioso cuando, sobrepasada la mitad del siglo XIX, la esclavitud fue abolida en los Estados Unidos.

El coste de este avance fue terrible: una guerra civil que alcanzó cotas de dureza y crueldad inimaginables para muchos de los que la iniciaron, entre ellos el propio Lincoln. Y es que esa guerra conoció avances espectaculares en la tecnología militar, sobre todo en la industria armera del bando yanqui.

También convendría pensar en que este gran salto se queda pequeño cuando se compara con los millones de sacrificios que las familias afroamericanas han debido hacer, a lo largo de siglo y medio, para alcanzar el status de normalidad que hoy disfruta la raza negra en la sociedad norteamericana.

Las guerras napoleónicas

La vida en el Antiguo Régimen establecía unas diferencias abismales entre la inmensa mayoría, que se debatía entre la escasez de recursos y la decidida miseria, y unos pocos nobles y jerarcas eclesiales que disfrutaban de lujos asiáticos.

En unos pocos años de principios del XIX, el ejército de Napoleón quiebra la espina dorsal de este sistema de privilegios, que ya no logrará volver a reinstaurarse, a pesar de la derrota final de Bonaparte.

En cuanto al dolor que estos episodios violentos trajeron consigo, hay que reconocer que fue inmenso. Baste citar un único ejemplo: en 1812, Napoleón invade Rusia con casi 700.000 hombres; pues bien, de ellos sólo unas decenas de miles lograrán escapar. Y las bajas rusas también se acercan al medio millón de hombres.

Fray Bartolomé de las Casas

La irrupción victoriosa de los españoles en América supone para los indígenas el sometimiento a condiciones de explotación muy duras, cuando no, lisa y llanamente la muerte ante aquellos aventureros que llegaban de Iberia en escaso número, aunque eso sí, con armas superiores y mayor capacidad táctica y estratégica.

El padre las Casas tuvo no sólo el valor de narrar las brutalidades a las que los indios eran sometidos, sino también la decisión y la constancia de obtener para ellos unas normas que les salvaguardaran.

El mayor coste que hay que afectar a fray Bartolomé es el de haber servido para fundamentar la Leyenda Negra que se construyó en torno al Descubrimiento.

Aunque hay que dar al fraile dominico su parte en el hecho de que la conquista española no terminara en el exterminio de los indígenas, como sucedió con otras colonizaciones, no deberíamos ignorar que quizás hubo condiciones objetivas que así lo permitieron: por citar un hecho puntual, a pesar de su paso por Salamanca, Hernán Cortés no pasaba de ser un bruto, mientras que la princesa Malinche poseía una inteligencia muy elevada, y no sólo por su dominio de las lenguas americanas y el castellano, sino por su capacidad para aconsejar a Cortés en cuestiones militares y políticas.

El leninismo

A principios del siglo XX, la revolución victoriosa de Lenin, implanta en lo que había sido el Imperio ruso, un sistema económico alternativo al capitalismo imperante en el mundo.

Uno de los rasgos principales del mundo soviético es la presencia fundamental en él de la violencia. Y no se trata sólo del exterminio de los Romanov en Ekaterimburgo, o del asesinato de los oficiales polacos en el bosque de Katyn; se trataría también del ejercicio de una violencia sistemática sobre la sociedad rusa.

Pero habría que estar ciego para no reconocer que los niveles de bienestar alcanzados en el mundo a lo largo del siglo XX, se deben a la presencia amenazante del llamado bloque socialista. Paradójicamente, fueron los ciudadanos soviéticos los que no pudieron disfrutar de ese aumento general de la capacidad de consumo.

No es descabellado imaginar que Carlos Marx hubiera calificado la experiencia leninista como un ejemplo de voluntarismo ingenuo, que desembocaría finalmente en el reforzamiento del sistema burgués.

La violencia gratuita

La comprensión de la aparición inevitable de la violencia en los momentos claves de la historia, no debe hacernos olvidar los episodios de violencia absurda, fundamentados sobre todo en el odio y la incomprensión, cuando no decididamente en la demencia de algunos líderes.

El Siglo XX ha dado muestras inequívocas de esta violencia gratuita. La desaparición de millones de judíos en los campos de exterminio nazis sería una de ellas. Pero no la única. El uso de bombas incendiarias, destinado al asesinato de civiles, así como a sembrar el terror en los supervivientes sería otra buena muestra.

Esta monstruosa estrategia ha recorrido un largo camino, desde los bombardeos italianos de 1935 sobre los desgraciados ciudadanos etíopes hasta los bombardeos yanquis sobre Vietnam.

En ese sendero se han encontrado, para su desgracia, las ciudades españolas que han sufrido los experimentos de la aviación alemana: Madrid, Gernika…

No es posible negar la presencia del odio y la crueldad en el que a la postre sería el bando perdedor de la guerra española, pero, ¿no cabe pensar que los experimentos incendiarios de la Legión Cóndor pudieron haber multiplicado por dos, o por tres, o por diez ese odio?

Y estamos en nuestro punto de partida, en la guerra civil española. ¿Qué quiere decir Sender con eso de que los tanques rusos nos trajeron a Franco?

¿Se refiere Sender a la represión dirigida por los comisarios soviéticos contra los anarquistas? No parece lógico pensar eso. Hay que reconocer que el genial aragonés es constitutivamente un anarquista ibérico. Pero no era de los que creían que los trotskistas o los anarquistas tuvieran la solución a los problemas de España.

¿Se refiere Sender a que los soviéticos no estuvieron comprometidos a fondo en la defensa de la República? ¿Se refiere Sender a que el oso ruso vino a enseñar garras y dientes a los nazis alemanes, pero que no consideraba llegado todavía el momento de la lucha decisiva? ¿Se refiere Sender a que los rusos impidieron a toda costa una solución negociada entre la República y los militares rebeldes? ¿Se refiere Sender a que la estrategia rusa permitió engordar a Franco que pasaría de una talla general a una talla generalísimo? ¿Quiere decir Sender que la brutalidad sanguinaria del bando que finalmente se haría con la victoria se multiplicó gracias a la posición rusa? ¿Quiere sugerir que la represión brutal ejercida por el franquismo, en los años de lucha y en la posterior posguerra, se puede cargar, al menos parcialmente a la engañosa amistad de los soviéticos?

En cualquier caso, no es Sender de los que aportan más luz sobre aquello que ya está suficientemente iluminado. Más bien su mente gusta de aplicarse a esclarecer lo que está oscuro, o sencillamente brumoso. El escritor aragonés es de los que nos ofrecen un punto de vista diferente al trivial, al ya agotado.

Imaginemos a Sender escuchando una tertulia radiofónica. Imaginemos que tratan la presión que las potencias mundiales están ejerciendo sobre un pequeño país sometido a un terrible dictador. Imaginemos que uno de los tertulianos se queja amargamente de la diferencia del trato que se da a ese pequeño país con el trato que se da a China. Imaginemos que nuestro tertuliano pide que se le canten las cuarenta a los chinos; que se les cierren nuestras fronteras a sus productos, que…..; en definitiva, que se trate a los chinos igual que al pequeño dictador.

Pues bien, cabe imaginar a Sender modificando la reflexión del tertuliano… ¿Por qué no tratamos a ese pequeño terrible dictador como tratamos a los chinos? Si los chinos nos quieren comprar armas, sopesaremos muy bien, antes de decidirnos, el uso presente y futuro que los chinos vayan a dar a esas armas. Pues bien, si el comprador es un pequeño dictador, ¿por qué no pensamos bien, pero bien, en el uso que se va a dar a ese material? ¿Lo va a usar contra su pueblo? ¿Lo va a usar contra el país vecino?

Si especulamos sobre un castigo comercial a China, estudiaremos minuciosamente las posibles represalias y haremos, antes de decidir, un balance riguroso con los pros y los contras. Pues bien, si se trata de apretarle el nudo de la corbata, en lo económico se entiende, al pequeño dictador, ¿por qué no analizamos las posibles repercusiones en las condiciones de vida de su pueblo?

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