Tresfonsitas
La revista religiosa Ecclesia publica el 19 de febrero de 1949 un artículo sobre la "pornografía".
NUESTRO nivel moral desciende, después de los momentos de exaltada tensión que alcanzó tras de la guerra civil.
Entonces, al hacer un examen de conciencia nacional y retrospectivo, a la llama de los incendios y con la súbita iluminación de los fogonazos, se vió claro que entre las causas remotas del conflicto estaba la elegante perversidad intelectual de algunas filosofias y la obscena corrupción de las masas por la propaganda inmoral; el odio politico, atizado por organizaciones internacionales, y la frialdad religiosa, efecto del abandono del apostolado; y que lejos de limitarse a un conflicto armado de dos políticas de realizaciones concretas, la guerra significaba el enfrentamiento de dos mundos espirituales hasta que uno u otro de ellos quedara eliminado.
Entonces se hicieron grandes propósitos: nunca más sirenas intelectuales, nunca más libros que tuvieran semilla podrida, nunca más indiferencia del Poder público ante la corrupción del pueblo, nunca otra vez los políticos y las organizaciones que estuvieron al otro lado de nuestras trincheras.
Pero el esfuerzo cansa y reduce la atención. Los centinelas siguen alerta al peligro de los hombres y de las organizaciones políticas enemigas de la España nueva; no ven ya, o no ven ya tanto, cómo cortan las alambradas, acercándose de nuevo con su cautela tradicional, los libros y los espectáculos que terminan en la quema de conventos.
Hay por España libros que nunca debió dejar pasar la censura, no decimos por razones religiosas, sino por razones políticas a largo plazo; o al menos no en ediciones elegantes y populares, sino en ediciones serias y exclusivas para los hombres de estudio.
Pero no es nuestro propósito tratar de los libros, sino de los espectáculos, y limitándonos a un ejemplo aleccionador y actualisimo: la reposición de una pieza tristemente famosa de la época republicana: "Las Leandras".
Es ya sintomático que en la refundición se haya conservado el titulo; para que nadie pueda dudar de la intención, las carteleras anunciaron al llegar a la representación número 200 que se trataba en realidad de la número 3047. La... breve interrupción entre la 2.847 y la 2.848 no tiene importancia: fué sólo la guerra en que se mataron los españoles.
La obra es pornográfica, o las palabras castellanas están mal definidas en el diccionario. Porque se trata de un guión basado sobre el equivoco entre un colegio de señoritas y una casa de prostitución, y los diálogos se desenvuelven y se interpretan por el público en toda la brutal malicia de ese equivoco. Las palabras son accesorias; el ambiente es obsceno y basta; durante dos horas el espectador vive mentalmente en la obscenidad.
No pasaremos adelante sin preguntarnos cómo es posible que este espectáculo haya durado en Madrid, con dos o tres funciones diarias, desde el 29 de octubre hasta la semana en que escribimos. La respuesta no es la facilitona de que en las capitales grandes hay gentes para todo. Si; hay gente para todo; en el momento preciso aparecen los asesinos y los incendiarios. No faltan nunca de paso algunos de esos hombres de provincias que consideran sus ocho dias de negocios en Madrid como ocho dias de vacaciones de la honradez. Pero centenares de representaciones teatrales significan centenares de miles de espectadores. Y entonces tenemos que confesar con dolor que los primeros protectores de la pornografia son los católicos, que no saben a cuánto están obligados por serlo. El catolicismo español ha crecido verticalmente durante los últimos años en piedad y en instrucción, pero se queda corto en lógica. Todavía no sabe que sus dogmas y su devoción le obligan a un boicot inexorable de las taquillas donde le cobran dinero por atacar esa devoción y esos dogmas.
Pero, naturalmente, la pornografía tiene otros protectores. El pueblo es perpetuamente un menor de edad, proclive a la pereza ante el esfuerzo. Hay que avisarle y reñirle como a los chicos pequeños. He ahi el incumplido papel de la crítica.
El semanario "Signo", órgano de los Jóvenes de Acción Católica, intentó hacerla severisima de la revista a que nos estamos refiriendo. Desgraciadamente, las galeradas tropezaron con obstáculos insuperables y no llegaron al público. El boletin de critica de las Congregaciones Marianas, "Sipe", escribía, en cambio, en su número del 6 de noviembre, una columna enérgica contra la obra y contra un grupo de "hombres, indolentes y cobardones, que no son capaces de romper compromisos humillantes" y han hecho posible la vuelta "de tan indigno espectáculo".
Frente a estas criticas y otras pocas más, el silencio o el aplauso. ¿Cómo no ver "el indudable valor, belleza y popularidad de su partitura musical, obra del llorado maestro Alonso"? Efectivamente, el mal, con música, entra mejor.
Más allá de la protección dispensada a la pornografia por la crítica, que olvida el aspecto de la fealdad moral para fijarse en la risa que los chistes equívocos provocan o en la gracia de los compases -que tendrían la misma con otra letra-, está la protección de quienes llevan a las tablas la inmoralidad. ¿Razones de dinero? Puede ser. ¿Razones más hondas? Puede ser también; hay que volver a la normalidad interrumpida, normalidad que se expresa por una cifra lamentable: tres mil y pico de representaciones... entre aquello y esto. Un primer paso para la normalidad completa, que ya irá llegando en otros aspectos por sus pasos contados.
Pero este afán de vuelta a la "normalidad" debe encontrar convencidas a las autoridades responsables, porque en materia de teatro no puede pasar nada que las autoridades no quieran que pase; y ha sido muy dura la batalla para que pueda hablarse de inadvertencia y alegarse carencia de información.
En efecto, la censura ordinaria de las piezas teatrales confirmó tres veces su fallo negativo; digámoslo en su honor y descargo. A pesar de ello, una fuerte presión ejercida sobre el Consejo Superior del Teatro logró la aprobación de la obra con rara conformidad. El dato es demasiado grave para que no merezca subrayarse: contra tres vetos sucesivos no hay un titubeo en el Consejo; la aprobación es total. ¿Qué nuevo y poderoso factor amoral ha entrado en escena?
La protección de la pornografía no por el Estado, ya lo sabemos, sino por la "camarilla" aludida por "Sipe", nos parece la más grave, porque el protector de esas cosas puede no ser el Estado, pero la victima sí que será el Estado, o la Historia no seria maestra de la vida.
Esta protección es tanto más grave si reiterada y contumaz. Con su permiso en el bolsillo, los empresarios y actores pueden desechar toda inquietud. Ahora será la Dirección General de Teatros la que, defendiéndose a si misma, se encargará gratis de la defensa de la obra. Las protestan llueven y las gestiones se multiplican. Tenemos a la vista una del Secretariado de Espectáculos de la Junta Nacional de la Acción Católica y una larga lista de cartas sobre el tema. Todas ineficaces; pero no se defiende la empresa; contesta la autoridad pública, que es la que se siente atacada.
La última gestión fué la oficial del Episcopado, presentada en propias manos en el ministerio correspondiente por dos Obispos comisionados al efecto. El resultado puede verse en las carteleras de la prensa. Y en el propósito de comenzar la nueva temporada por un paseo teatral a través de diversas provincias españolas.
No dejaremos de hacer una observación igualmente grave que las anteriores. Durante el tiempo de la República no existía una Dirección General de Cinematografia ni había censura estatal. Eso quiere decir que a un ataque libre, los católicos podían contestar con una defensa libre; a una organización, con otra organización. Hoy las cosas han cambiado; pasado por los otros, a trancas y barrancas, el rubicón de la censura, los católicos se enfrentan con la autoridad. A cambio de algunos bienes, la estatificación tiene, cambiadas las tornas por el cambio de personas, algunos peligros. Y será una buena lección que podemos sacar incidentalmente, porque encierra indefinidas aplicaciones.
Tenemos que terminar resumiendo: esperamos de las autoridades, esperamos de la critica, esperamos del público católico de Madrid y provincias. La pornografia no debe tener defensores.