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pitagoras Tresfonsitas

Martin Japp

El filósofo Martin Japp ha afirmado que la gran maravilla de la naturaleza es el modo en el que el aguilucho va transformando los materiales que sus padres le traen al nido, no siempre de primera calidad, en una máquina verdaderamente increible.

El día en el que sus padres le empujan del nido, por cierto en un risco a 500 metros sobre el suelo, el bicho despliega sus enormes alas y se encuentra disfrutando de un estupendo vuelo.

Cuando saciado de su ir y venir por los cielos se digna mirar hacia abajo percibe algo muy pequeño que se mueve y que resulta ser un conejito. Sin saber muy bien lo que hace cierra sus alas y se precipita hacia el suelo cual bala de cañón acertando a atrapar entres sus garras a la indefensa presa.

Esta gran maravilla no podría tener lugar si los padres no hubieran transmitido al hijo una herencia consistente en la información precisa necesaria para poder realizar tal transformación desde el indefenso montón de plumas hasta la perfecta máquina voladora, fotográfica y asesina.

Y aquí el profesor Japp hace una afirmación realmente preocupante: la transmisión de la herencia tal como la conocemos no es algo "regular" en la naturaleza sino una "excepción". Según él así viene sucediendo y se viene observando desde hace unos millones de años, pero en cualquier momento esto puede dejar de ocurrir para ser sustituido por lo que Japp entiende como "natural", es decir, un porcentaje mínimo de "exitos" en la transmisión hereditaria.

Y resultaría que al empujar los padres al informe aguilucho desde el elevado nido, el pobre animal caería como una piedra al suelo transformandose en una tortilla que pequeños animalejos se apresurarían a consumir.

Y finalmente la arrogante especie que domina los cielos terminaría por desaparecer del planeta.

Y lo mismo sucedería con las especies que han venido culminando la pirámide biológica: el cocodrilo desdentado sería aplastado por los ñúes en el vado ancestral que utilizan en sus migraciones los rumiantes.

Y los últimos "sapiens" correrían por las calles de Londres huyendo de los millones de ratas que colonizarían la ciudad del Támesis.

Y el "último mohicano", perdón, el último león africano intentaría sin éxito evitar ser atropellado por una estampida de gacelas.

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