¡Bienvenidos!
pitagoras Tresfonsitas

Diego Armando Maradona

El 8 de junio de 1990, en el milanés Giuseppe Meazza, se enfrentan Argentina y Camerún en el primer partido de la fase de grupo del Mundial, venciendo los africanos por 1 a 0. El público italiano silbó el himno argentino y Diego se manifestó así: ....el himno ...casi no se escuchó por el abucheo de los italianos......gracias a mí, los italianos de Milán dejaron de ser racistas, hoy, por primera vez, apoyaron a los africanos...

Con todo, Argentina logra pasar a octavos por los pelos, y en Turín eliminan a la todopoderosa Brasil.

En cuartos eliminan a Yugoeslavia y alcanzan las semifinales contra la anfitriona Italia, a celebrar en el San Paolo napolitano.

Diego dijo: ...ahora todos les pidan a los napolitanos que sean italianos y que alienten a la Selección... Nápoles fue marginada por el resto de Italia. La han condenado al racismo más injusto.

Napoles versus Milan

No parece muy ajustado el término usado por el argentino para calificar las relaciones entre Nápoles y el resto de Italia.

Más bien se podría decir que los 800 kilómetros que separan físicamente Milán y la capital napolitana, en la realidad cultural, social, económica y política se transforman en ochocientos mil.

En el plano estético podríamos decir que la distancia entre la capital norteña y la del Sur crece hasta los 800 millones de kilómetros, aunque las dos sean igualmente bellas.

Pero la una es resultado de la interacción entre hombre y naturaleza, en tanto que la otra es producto del esfuerzo humano. Y no hace falta comparar la hermosa plaza milanesa con ese Vesubio de 1944. Basta con enfrentar la belleza gótica y medieval del duomo napolitano con el tremendo esplendor neo que la catedral milanesa fue recibiendo a lo largo de muchos siglos.

Racismo

En cambio, el término que usa Maradona para calificar el trato recibido a lo largo de muchos decenios por los excelentes futbolistas de raza negra en los campos de fútbol europeos, sí está perfectamente ajustado.

El ritual era conocido: cuando el jugador negro tenía la pelota un sujeto con menos que algunas dotes para el teatro se bamboleaba con las manos en sus propias axilas, intentando emular no se sabe si a un gorila o a un chimpancé.

El éxito estaba asegurado: sus amigos le jaleaban satisfechos; otros espectadores reían con ganas y alguien con un poco más de educación supuesta sólo esbozaba una leve sonrisa.

Pero la cosa no terminaba en el campo de fútbol: el chico listo repetía su actuación en el bar y ante su propia familia y las carcajadas estaban aseguradas.

Y algún locutor en alguna radio, con medias palabras y encriptadas sugerencias celebraba también al racista intérprete del comportamiento simiesco.

Todo esto, por fortuna y gracias a la actuación de las autoridades deportivas y, porque no, gracias a algunas multas ejemplarizadoras, ha dejado de ser moneda común en los estadios.

La pregunta es: estos individuos, ¿no buscarán otro pretexto para poder ejercitar sus dotes actorales?

Algún filósofo oriental dejó dicho que cuando el mal es erradicado de algún órgano de un paciente, ese mal intentará en primera instancia buscar otro organo en el que alojarse. Si no lo encuentra ensayará el alojamiento en otra persona de la familia.

Si es preciso se moverá a la casa vecina y allí repetirá su intento; y en caso negativo buscará en las otras viviendas del pueblo.

Y si hace falta lo intentará en otro pueblo; y si es necesario en otra región.

Y en su caso buscará en otro país y en otro continente si hace falta…

¡Hola!
¡Un saludo!