Tresfonsitas
El filósofo Javier A. Corrales llegó a una capital vasca en setiembre de 1978.
Participó en una reunión con gente progresista, celebrada en un ambiente popular, quiere decirse en una tasca llena de gente hasta los bordes, hasta los bordes de la tasca, claro.
Se sorprendió de que la voz cantante la llevara un elegante ingeniero que lamentaba que la Dictadura siguiera vigente, disfrazada eso sí bajo piel de cordero, es decir, disfrazada de democracia.
Precisando algo más, el ingeniero lamentaba que los momentos más duros de la Dictadura no se hubieran aprovechado para hacer una revolución como Dios manda.
Más tarde, ya fuera de la taberna, y ya en compañía de un amigo solamente, el filósofo hizo un comentario bastante irónico, o quizás un poco ácido: "¡vaya, un decreto prohibiendo orinar a todos los españoles hasta nueva orden, podría acabar significando la solución definitiva de todos nuestros problemas!"
Con el tiempo, nuestro filósofo, como hombre especialmente inteligente, fue comprendiendo al camarada ingeniero, sobre todo porque se dio cuenta, el filósofo, de que una buena parte del pueblo vasco compartía sus ideas, las del camarada; o quizás habría que decir que el camarada ingeniero hacía "de un modo u otro" suyas las "ideas del pueblo".