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El ciclismo y Armstrong

Refiriéndose al caso Armstrong, Pedro Horrillo dice: “Yo fui ciclista profesional y desarrollé mi carrera en los mismos años en los que Armstrong se coronó en el Tour. Y hoy, me siento igual que cuando se desató la Operación Puerto. Sorprendido por conocer la verdad del lado oscuro del mundo en el que me movía.” Y también: “Durante esos años, se podía sobrevivir sin doparse, …. Algunos podían incluso ganar carreras en estas condiciones, carreras del más alto prestigio……. Y esto no es una opinión, sino un hecho que he vivido en mi propia piel.

Bien, no se puede ser más discreto. El ciclista de Ermua ha vivido, como él dice, el ciclismo de entresiglos desde dentro. Ha tenido, además, amigos y compañeros, con los que habrá compartido informaciones “delicadas” o incluso “muy interesantes”. Con lo que sabe y su capacidad literaria podría “construír” un guión con el que ganar tanto dinero como los “grandes” del ciclismo con los que ha “disfrutado” largos años de profesionalismo.

O también podría defender al tejano y, de paso, a todo el “pelotón” en el que ha estado inmerso en tantas y tantas carreras. Con su inteligencia y los datos que conoce podría ser el mejor abogado defensor que se pudiera imaginar. Pero tampoco parece que Horrillo vaya a dedicarse a esa tarea.

Mitologías del Tour

Bueno. En cualquier caso, lo que no se puede intentar mantener es el mito construído por Henri Desgrange y analizado por Barthes en torno al ciclismo (en torno al Tour). De hecho lleva muchos años muerto. Pero los mitos sobreviven siempre, y siempre sobrevivirán.

En 1904 el Tour conoce una cadena de trampas y sucesos violentos. Desgrange, que ha amenazado con no organizar más la prueba, continúa sin embargo su proyecto. El mito ha nacido.

En 1924 los hermanos Pelissier cuentan al periodista Albert Londres el modo terrible en que sufren sus cuerpos hasta llegar a París. Le muestran sus boticas: cocaína, cloroformo, pomadas y pildoras. Francis resume la cuestión: “nosotros corremos a base de dinamita”. Albert cree que con su artículo está contribuyendo a la desaparición del Tour. ¡Qué va! El mito sigue creciendo y multiplicándose.

En 1950 Bartali es zarandeado y tirado de su bicicleta en la cumbre del Aspin. Gino Bartali y el líder Fiorenzo Magni abandonan y se marchan a Italia. Ferdi Kubler parece no aceptar el maillot amarillo. Pero lo acepta: el mito continúa.

En 1975 Eddy Merckx es golpeado por un espectador en la ascensión al Puy de Dome. Triunfa en París Bernard Thevenet. Años después Bernard admitirá haber consumido corticoides. Pero el mito sigue creciendo.

En el Tour de 1998 los corredores del equipo Festina son detenidos por la policía y tratados como delincuentes de la peor especie. Los equipos Banesto, Once, Kelme, Vitalicio y Risso Scotti abandonan la prueba. ¡No pasa nada! Se pone de relieve la clase del italiano Marco Pantani.

Todavía el Tour creará un último mito: un ciclista tejano superviviente de un cáncer de testículos. Mito que será destruído por completo a fines de 2012.

El anti-mito

Pero antes la prueba francesa ha conocido un dominador absoluto en los primeros años 90: el ciclista navarro Miguel Indurain. Sin embargo, no ha habido modo de que se construya el correspondiente andamio mitológico sobre el gigantón de Villaba. Los triunfos, los fracasos, incluso los escándalos, todo se lo sacude con un movimiento de hombros, y siempre reaparece el hombre natural y sencillo.

Un terrible desfallecimiento en una etapa del Giro de Italia lo resuelve con un simple: “me abrigué demasiado en la subida del Stelvio”. Sin hacer mucho caso y dejando pasar los días resuelve unos escandalosos titulares en la prensa francesa: “no soy español”. “A mis padres les importa un comino si soy campeón” sería una frase muy indicativa de la mentalidad de Indurain.

Pero el espectador de televisión sigue con pasión la imagen de Miguel Indurain: con admiración hacia su fuerza elegante; pero sobre todo reconociendo su sufrimiento, reconociendo al hombre que cruza el modesto (¿no tiene 12 kilómetros, los dos últimos con un desnivel superior al 11%?) Valico de Santa Cristina sin un gramo de fuerza. Y las horas de televisión que han disfrutado las marcas que el navarro ha portado en sus maillots valen varias veces el dinero que le han pagado.

Muerte del mito

En cualquier caso el mito del Tour lleva muerto muchos años, aunque sobreviva en nuestras imaginaciones y aunque la empresa que lo gestiona intente, para mantener el margen de beneficios, convencernos de lo contrario.

Los sucesos posteriores al Tour de 1904 no son sino el expolio del triunfo de los hermanos Garin y Aucouturier sobre pruebas irrelevantes, es decir, “sin pruebas”.

Y los hombres que Albert Londres entrevista en 1924 no son sino unos pobres desgraciados destruídos por los esfuerzos desequilibrados y la automedicación.

Y los espectadores que abarrotan el Aspin en 1950 son en una buena parte un montón de degenerados racistas y borrachos.

Y Bernard Thevenet no es sino un pobre enfermo atiborrado de cortisona.

Y lo más grave que sucedió en el Tour del 98 fue el arresto de ciclistas y posterior episodio de malos tratos por parte de la policía.

Refundación

El ciclismo tiene que refundarse como un deporte profesional cuya fuente de ingresos sea la transmisión de sus eventos por radio y televisión. Las imágenes del esfuerzo y el sufrimiento de estos atletas se van a vender solas. Los periodistas de radio tendrán que esforzarse para describirnos la belleza de los protagonistas y el marco en que se desenvuelven; la complejidad táctica de las batallas; el imperio en ocasiones del azar…. En el caso de que la suma total del dinero no alcance las cifras que se mueven actualmente todos tendrán que apretarse el cinturón.

Los ciclistas y directores de equipo no pueden seguir cediendo ante la presión creciente de estamentos federativos, agencias anti-dopaje y medios informativos. Porque pedirán más y más: intentarán prohibir que en la casa de un ciclista haya jeringuillas y/o agujas hipodérmicas, y querrán que se pueda despertar a un corredor a las 3 de la madrugada o a las dos.

Por el contrario, se debe iniciar la batalla para terminar con la obligación de que el profesional esté localizable en todo momento para los inspectores anti-dopaje de la UCI; obligación que parece propia de siervos, cuando no de esclavos. Y nunca más se deberán tolerar los malos tratos en el caso de un arresto policial.

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