Tresfonsitas
El almeriense Ginés Morata, premio Ramón y Cajal en el año 2002, opinando sobre cuestiones científicas a la vez que sobre otras metafísicas como la creación del hombre por Dios versus la invención de Dios por el hombre explicaba:
… a lo mejor dentro de 30 o 40 años… es posible que una persona que haya perdido un órgano pueda… reconstruir ese órgano; si lo hacen los anfibios por qué no vamos a hacerlo nosotros… no es una conjetura sin base, todo lo contrario… aunque es verdad que no sabemos en este momento… los detalles de como se hace esto…
…lo que estamos viendo claramente… es que el hombre es producto de una evolución… que se inició hace tres mil, cuatro mil millones de años… por un sistema que no conocemos en detalle, pero… la lógica es perfecta…
El científico viene a decirnos que es posible concebir que dentro de 40 años el hombre pueda regenerar un órgano perdido, aunque en la actualidad no conozcamos los pormenores de tal maravilla.
Y, por otra parte, que la evolución de las especies, desde hace cuatro mil millones de años, es un sistema perfectamente lógico, aunque por ahora no lo conozcamos minuciosamente.
Cuando vemos a un camarero llevando con su brazo en alto una bandeja con varios vasos llenos sin que se derrame una gota, mientras se abre paso entre una multitud cerrada de clientes, nos quedamos admirados. Y si pensamos en el asunto llegaremos a la conclusión de que el señor camarero sólo habrá conseguido esa habilidad tras 15 o 20 años de esfuerzo constante en la mejora de sus aptitudes.
En cambio, si vemos a un pobre cliente intentando llevar un plato de sopa desde la barra a su mesa, sin que absolutamente nadie se interponga en su camino, y consiguiendo a duras penas que a pesar de las olas que forma el líquido dentro del recipiente, llegue a su destino al menos en su mayor parte, nos reímos de su torpeza. Pero el inhábil bípedo ha realizado una proeza mil millones de veces más milagrosa que el hábil camarero: cuatro mil millones de años, o tres mil, da lo mismo, están detrás de la hazaña. Es el tiempo que ha costado la formación de la visión del cliente, de su sentido del equilibrio, de la coordinación entre sus ojos, su cerebro y sus dedos agarrando el plato… en fin.
Y es que el cerebro humano no está preparado para valorar lo que no conoce. Y prácticamente no conocemos casi nada de los pormenores del proceso de la evolución. Conocemos sólo algunos eslabones de los incontables con los que cuenta la cadena; nada más. Con estos pocos detalles conocidos se puede extrapolar razonablemente cual ha sido el sistema evolutivo, pero esto no permite invertir el sentido y conocer el proceso que ha terminado por ejemplo en el ojo del águila.
En cuanto a la posibilidad de que al modo en que un reptil regenera la lente de su ojo, el hombre reponga un organo destruido, de momento como dice el premio Ramón y Cajal, es una conjetura plausible, pero desconocemos absolutamente los pormenores del negocio. Mientras tanto los avances de la robótica en este campo son tremendamente lentos.