Tresfonsitas
El historiador José Luis López Z. plantea un problema, o si se quiere una paradoja, sobre la guerra entre España y las provincias rebeldes de los Países Bajos del Norte.
Él prefiere como nombre para los rebeldes el de holandeses: sabe que Holanda es sólo una parte de su territorio, pero opina que Países Bajos es un nombre que comparte con los Países Bajos del Sur, los leales a la corona, y que, ese sí, le parece totalmente inadecuado.
López Z. plantea que la guerra se da entre la mitad de un pequeño país, por un lado, y por otro, la otra mitad, pequeña también, claro, más un imperio gigantesco, donde no se ponía el sol, es decir, el imperio español.
La guerra termina tras casi un siglo de enfrentamientos y a juicio de nuestro historiador la sentencia final a establecer es que la superioridad militar del imperio no ha sido capaz de someter a las tierras donde corren el Mosa y el Rhin cuando ya vencidos entregan al mar sus caudales. Bueno, son cosas que pasan, según José Luis.
Lo que López Z. no puede entender es que tras la guerra, España está empobrecida, en lo económico, en lo social y en lo demográfico, en tanto que Holanda experimenta un florecimiento extraordinario en todos los planos que se quiera considerar. Y López no puede aceptar las explicaciones que encuentra en sus colegas más prestigiosos: que si Holanda ha dinamizado su sector terciario hasta puntos desconocidos en la historia naval o comercial del mundo; que si la nobleza holandesa ha sabido colaborar con la burguesía hasta el punto de no hacer ascos incluso a ocupar en esta relación la "parte baja de la mesa"; que si la emigración de judíos y flamencos hacia Roterdam y Amsterdam ha ofrecido un "factor humano" de altísima calidad; que si……..
Un colega y amigo le escribe sobre la influencia del factor religioso en la cuestión: López opina que los teólogos españoles no son inferiores a Calvino y sus seguidores y que están tan perfectamente integrados en la estructura socio-política española como los protestantes en la holandesa. Quiere decirse que no comparte la justificación teológica.
Otro colega le comenta, sentado junto a él, en una amena tertulia, que la plata americana ha recorrido España como una violenta y destructiva riada y en cambio riega las tierras holandesas como una amante y suave regadera de jardín. López cree que la plata de América ni siguiera llegó a entrar en España.
Pero tras años de ansiedad y desánimo, un verano dedicado a la lectura entretenida de los Episodios Nacionales de Galdós resolvió la paradoja y pacificó la ansiedad angustiosa de López.
Ocurrió leyendo Aita tetauen. En la Tercera parte, en el Capítulo I, escribe El Nasiry:
Nuestros aborrecidos hermanos, los de la otra banda, los hijos del Mogreb El Andalus, avanzaron desde Sebta hasta El Medik, sosteniendo combates terribles con nuestros valientes montañeses y tropas regulares. El número de cristianos que perecieron en aquellas refriegas no se puede calcular; los moros perdimos escaso número, y en casi todos los encuentros quedábamos vencedores. El avance de los españoles, tras tantos descalabros, y su paso de un terreno a otro, no se explica sino por combinaciones astronómicas, mágicas y cabalísticas, cuyo secreto tienen aquellos Generales y que los nuestros no han podido penetrar. El enemigo consulta de día la marcha del Sol; de noche las posiciones de los astros que esmaltan de bellas luces el firmamento, y combinando estos signos con las cifras y figuras que en unos deformes libros traen, del estudio de todo ello sacan la pauta de sus movimientos, que siempre resultan hacia adelante, nunca hacia atrás.
Por fin una explicación convincente: el enemigo holandés practica la magia más negra y de la combinación entre las cifras de unos viejos libros y la consulta de la posición de las estrellas, extrae la pauta de sus movimientos defensivos que una y otra vez frustran los brillantes ataques de nuestros tercios.
El único esfuerzo teórico que tuvo que hacer López es colocar a los españoles en el lugar de los marroquíes; y a los holandeses, perdón, neerlandeses, en el de los españoles vencedores, o así lo parecía, de Tetuán.
Amén.