Tresfonsitas
Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, mientras no vengan los días malos…
Así comienza el capítulo XII del Eclesiastés.
Tomemos como referencia la confesión católica. Esta opción, más allá del simple determinismo geográfico de haber nacido en Perú, o en Galicia, o en Almería, nos permite discurrir en un contexto de extremada riqueza: en primer lugar por la entidad de sus antecedentes religiosos, en segundo por el rigor de su construcción teológica; además por el esplendor de sus textos sagrados, por la plenitud de su historia, por la belleza de sus catedrales y ermitas…
Partimos de la base de que el joven tenga un conocimiento amplio de Dios, adquirido en diversos ámbitos educativos: la propia Iglesia, la familia, la escuela…
Y, sin embargo, el joven debe enfrentarse a la misma cuestión que agobiaba al hombre de hace miles de años: ¿qué significa Dios en mi experiencia vital? Y, además, no encontrará respuesta en los libros, ni en los expertos en materia religiosa, ni en su propio cerebro.
La solución a este problema sólo puede estar en la comunicación con el Ser superior: el joven dará gracias por los buenos momentos, por los éxitos, por los días alegres, por los proyectos realizados; pero también dará gracias por las dificultades, los sinsabores, las malas rachas, por los pequeños fracasos. Así, irá formando un collar en el que se alternarán cuentas blancas y negras sucediéndose sin una pauta de regularidad asequible a nuestro conocimiento: 2 blancas, luego 3 negras, después una blanca…
El joven experimenta, en su dimensión humana, una radical exigencia de limitar los fracasos y multiplicar los éxitos; menosprecia el pasado y no se preocupa del futuro; le interesa sobre todo el triunfo en el día de hoy. En la vivencia religiosa el presente es sólo engarce entre el ayer y el mañana: en la sucesión de experiencias cada una de ellas es, sobre todo, puente entre la anterior y la posterior. Dicho de otro modo, el ámbito religioso integra el placer con el dolor; no concibe la satisfacción sin la dificultad que la precede y sin la frustración posterior.
Por lo tanto, proponemos al joven un Dios que sirva de hilo en el que ensartar los sucesivos momentos de la vida, por variados o antagónicos que estos sean. Y, además, le sugerimos que no espere contemplativamente la voz del Señor; que tome la iniciativa; que intente comunicarse; que le informe de los acontecimientos del día, de los positivos y los negativos; en fin, que hable con Dios de las cosas pequeñas o de las trascendentales.
Ahora, bien, esta actitud religiosa, por sólida que sea, no asegura al joven contra vivencias negativas de tal calibre que, roto el collar, terminen con las cuentas rodando por el suelo. Podrá tratarse de una gran desgracia que abrume al joven directamente; podrá consistir en la contemplación de los males que asolan el mundo; podrá enraizarse en la subjetividad del joven… Son momentos en los que el joven se ve tentado por la blasfemia; desea exigir a Dios una respuesta inmediata a una pregunta tajante: ¿por qué toleras estas cosas?
Pues bien, después de la tormenta espiritual padecida por el joven, éste debe restablecer su comunicación con Dios: desde el reconocimiento de su infinita pequeñez manifestará su aceptación de la gran obra de Dios, así como su esperanza en días mejores.
En resumen, Dios debe ser para el joven un Ser con el que debe mantener una comunicación fluida: le agradecerá las alegrías y las penas cotidianas; se postrará ante El cuando alguna desgracia le abrume.
Partiremos de la base de que estos jóvenes conocen los mandamientos vigentes en nuestra confesión católica, leyes que informan sobre su conducta hacia el Ser superior.
Sin embargo, el joven debe aprender a interpretar estas leyes y a juzgar su propia conducta; debe, en fin, construir un edificio sólido en el que ejercitar su conciencia personal.
Esta labor de formación de la propia conciencia es especialmente complicada y paradójica: es preciso por una parte aprender a tolerar los propios defectos; pero a la vez es necesaria la autoexigencia, es decir, el cumplimiento de los planes de rehabilitación que el joven ha trazado para sí mismo.
No cabe duda de que este aprendizaje de la difícil tarea de ser "juez y parte" se producirá según un proceso personalísimo, en el que las orientaciones ajenas resultan de una utilidad limitada. Sin embargo, en mi opinión es posible ofrecer 2 referencias que pueden ser aprovechables.
Por un lado, el joven debe desconfiar del consejo habitual en la justicia de los hombres: "no lesionar al poderoso"; y su inevitable contrapartida: "si es preciso hacer daño será mucho menos costoso perjudicar al desvalido". El joven debe pensar que en el ámbito de su conciencia no hay prestigiosos abogados que cobren elevados honorarios; por el contrario, el ser más débil puede terminar siendo el fiscal más poderoso e implacable que se pueda imaginar.
Por otra parte, el joven debe saber que durante toda su existencia habrá de convivir con muchos de sus defectos y pecados. Una buena estrategia para que el balance ante la propia conciencia vaya resultando positivo consistirá en la realización de actos de amor y solidaridad hacia los otros. Además, el joven debe saber que esta política no requiere de grandes heroicidades, sino que puede realizarse en el mundo de las relaciones cotidianas, familiares, de trabajo y amistad; en fin, el joven debe saber que esta conducta no sólo le será de provecho ante los ojos de Dios sino que también le ofrecerá compensaciones en la sociedad de los hombres.
En conclusión, el joven debería dedicar un esfuerzo sostenido y lúcido a la forja de su propia conciencia. En esta tarea tomará en cuenta una doble referencia: por un lado, confiará absolutamente en la tolerancia y comprensión de Dios; por otro, habrá de saber que al Ser superior no se le engaña de ninguna manera, pero mucho menos con trucos de leguleyo o artificios farisaicos.