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pitagoras Tresfonsitas

No me mueve....

El soneto que comienza, "No me mueve, mi Dios, para quererte…", ocupa un lugar de privilegio en cualquier Antología de la Poesía Española.

Su clara belleza y su espiritualidad generosa no parecen ofrecer dudas para ninguno de los innumerables estudiosos de este soneto.

Todas las posibilidades, sin embargo, parecen abrirse para atribuir su autoría. Por jerarquía se ha ofrecido esta obra a los nombres más altos de la mística castellana, a los poetas líricos más grandes de la Literatura Española. Por lógica religiosa se ha considerado la autoría de las mentes preclaras de los jesuitas, de los agustinos, de los franciscanos. En cuanto a la patria del artífice del soneto tenemos al solar ciudadrealeño, a las tierras mejicanas, a las orgullosas murallas de Ávila, al modesto Fontiveros…

Torciendo el cabo que dejó suelto don Marcelino Menéndez y Pelayo, quizás debamos resignarnos a que su autor haya sido un oscuro fraile cuyo nombre no conste en ninguna fuente escrita y se haya perdido por lo tanto irremediable y definitivamente.

Sin embargo el soneto está ahí.

Ahí está la generosidad que prescinde de los premios y los castigos, del cielo y del infierno.

Y ahí está la emoción que suscita el hombre-Dios clavado en el madero. Y ahí está la inclinación hacia el galileo escarnecido. Y ahí está el afecto hacia su cuerpo herido y destrozado.

Y ahí está la admiración, el reconocimiento sin límite por los motivos de su muerte: el amor hacia su amigo Lázaro, el amor a su madre María, el amor hacía María de Magdala, el amor hacia Marta, el amor hacia Pedro, el amor hacia la samaritana, el amor por todos nosotros.

Aquí puedes oír el Soneto a Cristo crucificado.

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